La custodia compartida; un derecho de los progenitores y los menores

Por Israel Guerra.

La custodia compartida favorece que los menores se desarrollen en circunstancias de igualdad con respecto a ambos progenitores, como sería deseable dentro de cualquier núcleo familiar. No solo se trata de un derecho de los padres, sino también de los menores implicados

La sociedad actual vive una época de libre expresión de la personalidad, del amor, la sexualidad, donde prevalece la igualdad de género. Aunque se ha avanzado mucho en este último aspecto, todavía existen numerosas situaciones en las que sigue presente la supremacía de uno de los dos géneros.

Hombres que sufren la desigualdad

Aunque habitualmente es la mujer la que sale peor parada en situaciones de desigualdad, no quiere decir que no existan ocasiones en las que sean los hombres los que se ven perjudicados y discriminados solo por cuestión de su género. En este artículo, en concreto, se hace referencia al tema de la custodia compartida en caso de divorcio, ya que, aunque también se han dado pasos para normalizarla, todavía queda mucho camino por recorrer.

Muchos padres, e hijos, aún ven perjudicados gravemente sus intereses por no poder disfrutar de la custodia compartida, puesto que existe un desequilibrio clásico a favor de la madre. Se deben conformar, por tanto, con un simple régimen de visitas donde no se puede consolidar una estrecha relación padre hijo, pues el tiempo que se comparte es insuficiente.

Lejos de generalizar ningún supuesto, se debe evaluar detenidamente cada caso en que el padre desea la custodia compartida, pues no lo tiene tan fácil como una mujer por el simple hecho de serlo, sin evaluar las capacidades de ambos. En este enlace, se pueden ver los requisitos para conseguir la custodia compartida, muy interesante para todos los padres que se planteen solicitarla. Y es que poco a poco se avanza contra esta desigualdad social que priva a los padres de sus derechos y los castiga sistemáticamente en caso de divorcio.

Otorgar por defecto la guarda custodia a la madre es una decisión arcaica que se corresponde con los roles que han ocupado siempre el hombre y la mujer en la sociedad tradicional. La mujer como ama de casa y cuidadora de los hijos y el padre como el que provee económicamente. Esta concepción tan anticuada y poco realista es la que se perpetúa con la guarda custodia otorgada preferentemente a la mujer.

Distintos modelos sociales de familia

A día de hoy, existen un buen número de fórmulas válidas dentro del concepto de familia, así que resulta cuanto menos cuestionable que, en la mayoría de ocasiones, se atribuya de manera automática la guarda y custodia exclusiva de los hijos a la madre del núcleo familiar.

En cambio, los padres que quieren encargarse de sus hijos de manera equitativa, tienen que luchar y demostrar que son válidos, cosa que no ocurre en el caso de ellas. Además, en ningún caso, los jueces se plantean otorgar la guarda custodia directamente al padre, a no ser que haya un motivo grave que lo justifique, como un trastorno psíquico en la madre. Son solo las situaciones extremas las que llevan a tomar esta decisión.

La realidad actual

Afortunadamente, los tiempos han cambiado y los roles que desempeñan ambos progenitores en los núcleos familiares son muy similares. Ambos son partícipes de la educación de sus hijos y, en la mayoría de los casos, independientes económicamente, aportando cada uno su parte al mantenimiento del hogar.

Esta nueva posición social, gracias a la reivindicación social de la figura de la mujer, hace que exista un reparto equitativo tanto en el sustento económico como en el cuidado de los hijos, o al menos una adaptación en función de las circunstancias particulares de cada familia. Por tanto, es un despropósito que, a la hora del divorcio, se tienda a favorecer a la mujer en relación a los hijos, pudiendo disfrutar de más tiempo con ellos, estableciendo vínculos mas fuertes y sólidos. 

Este lastre histórico de la mujer como cuidadora de los hijos y del padre como simple mantenedor económico, deja al padre de familia relegado a una posición fría, distante y laboralmente esclavizadora. En cambio, la mujer se queda con los componentes del cariño, el cuidado y la educación de los hijos.

El único motivo por el que esto es así, aunque cueste reconocerlo, es la costumbre, porque siempre ha sido así y nos es fácil romper con el pasado, sobre todo en temas judiciales que pueden resultar escabrosos y demasiado densos. Empezar a reivindicar un papel relevante de los padres separados en la educación de sus hijos no es solo un derecho, sino una obligación moral, pues no solo es una injusticia hacia los padres, sino hacia a los hijos, a los que se les priva automáticamente de establecer vínculos afectivos con el padre al mismo nivel que con la madre.

La sociedad está comenzando a desaprender. Caer en este error es condenar al padre por el hecho de separarse de su mujer a cargar con la peor parte de la ruptura familiar pues sigue siendo responsable de mantener a sus hijos, pero desde una posición de exclusión, marginación e impotencia.

 

Anuncios